viernes, 28 de octubre de 2011

Reseña de teatro

La alucinante experiencia de Hormigas, escrita y dirigida por Jaime Nieto, ultimo fin de semana, no se la pierdan!!!!

Viernes 14 de octubre del 2011
HORMIGAS


Extravagancia desde las primeras escenas, donde la bella Ana, con su bata de seda y sus sandalias de taco, es violentada por su esposo Tomás. Conflictos de dinero y sexo en primer plano. Por otro lado, la mente retorcida de Alejandro, hermano de Ana: él no solo colecciona hormigas, vive obsesionado con ellas, no trabaja ni estudia por ellas. Dinero, sexo, algo de locura. Luego, el atípico “criado” homosexual que ayuda a Ana a encubrir a su amante, un jovencito vividor con quien Ana despliega toda su sexualidad.
La obra Hormigas, de Jaime Nieto, se presenta como un vórtice continuo de acciones en el que cada personaje descubre su ser inquieto sin enmascaramientos. Gertrudis parecía ser el espécimen celestial que salvaría, con su virginidad y su recato, a los demás miembros de la comunidad. Pero no, no se da la historia de amor en la que ella era la hormiga reina para Alejandro, la oscura fuerza del destino o la insania propia de todos los seres humanos termina atrapándola. A veces pasa, siempre pasa. Perdida ella, la degeneración es absoluta. Los personajes se vuelven seres errantes alrededor de un vacío perenne. Nada colma la existencia salvo el sinsentido. La obra postula desde eventos surreales e impredecibles, que no hay ninguna esperanza en este mundo moderno de sexo, dinero, locura. Además las drogas y la música nocturna. El DJ y su bar “a donde todos vienen a morir un poco”. Frágiles como hormigas somos cuando, como a ellas, se nos borra el “caminito”.

domingo, 23 de octubre de 2011

Boqueando de amor como un pez fuera del agua

Me gustaría escribir una novela que se titule Las mujeres limpian, algo que he ido reconociendo en obras escritas por hombres, algunos hombres que piensan que las mujeres… limpian. Me gustaría que esta novela le saque la vuelta a la frase y que el concepto “limpiar” esté enmarcado en una metáfora que traslade la llana acepción de limpieza material a una reveladora significación de limpieza moral. La mujer se convertiría en una especie de heroína capaz de enfrentarse a delincuentes, corruptos y prejuiciosos. La mujer envolvería el mundo con todo el amor capaz de surgir únicamente de su corazón.

Iba caminando por las calles de un barrio pobre en las afueras de la ciudad, con sus muros de ladrillos sin tarrajear, pintados malamente de color blanco. La pista subía por las faldas del cerro que formaban inclinadas colinas. Aún vestía uniforme escolar y mis zapatos negros de colegiala contrastaban con la tierra que pisaba, no había veredas en aquella calle. Al levantar la vista, al final de la cuadra dos pirañas le robaban a un chico de camisita blanca con chompita azul, pantalón de tela y pelito ensortijado. Lo jalaron, lo golpearon, lo estrujaron, rápida y violentamente. Me dio tanta rabia no poder hacer nada, tanta rabia que el otro joven que también veía el asalto no pudiera hacer nada. Parecía que los rateros ya habían terminado con su trabajo cuando mi lengua no pudo sostener a mi rabia y gritó insultándoles, rateros de mierda, desgraciados, malditos. El otro joven se contagió de mi ímpetu y también les insultó. Entonces se escucharon los disparos. Primero al otro joven que pudo agacharse, esquivarlos; luego a mí que ya había volteado hacia la derecha y me iba a mi casa. Después de haberles insultado ya me iba a mi casa, ya había volteado hacia la derecha, las refriegas del otro joven las escuché casi sin querer, y no llegué a ver cuando los asaltantes dejaron a su víctima para coger cada uno su respectiva pistola. Por eso la bala rosó mi yugular izquierdo. Sentí un pellizco intenso y luego algo tibio, la sangre resbaló por el cuello manchando la blusa. Como un reflejo maquinal mi brazo se movió hacia el nuevo río ardiente y mis dedos oprimieron su irrefrenable flujo como pudieron. Todo se tornó gris, antes de caer por un desmayo pedí ayuda.

Estoy sobre una camilla en el hospital, respirando con dificultad, aún con los dedos salvándome la vida, pero sola. ¿Es que acaso no hay ninguna presencia aquí? ¿Es que tengo que esperar? La respiración ya no me sale tan fácil, casi duele, me cuesta por más que abro la boca, cierro la boca, abro de nuevo. Qué ganas de soltar la mano y aflojar las riendas de ese hilo rojo que me sostiene consciente. Sería tan sencillo, ahora, en la ausencia de todos, en la imposibilidad de que me detengan. Los dedos se deslizarían lentos, resbalando con un tiempo mínimo casi microscópico, como los glóbulos rojos que estarían a punto de recibir una puerta hacia la libertad. Pero pronto se empiezan a escuchar ruidos de pasos apurados, sollozos, herramientas de cirugía.

Ahora sigo aquí, pensando que la verdadera valentía reside en quedarse, en sostener con todas las fuerza del mundo esos dos dedos sobre el cuello por más que la herida haya sido inmensa. Y luego, ayudada por la presencia de todos, vivir para poder decir que he sido valiente.

--------------------------------------------------------

Ayudada por tu presencia, aunque esporádica, total. Esta es la parte en la que debo confesar que cuando estuve a punto de morir pensé en tus besos venenosos. Sea lo que sea que signifique, hay una frase suelta que encontré por ahí cuando compartí con un amigo cómo me sentía, cómo me acordaba de ti… y es que así estoy: boqueando de amor como un pez fuera del agua.

-------------------------------------------------------

Llorando. Canción en la cinta de David Linch, Mulholland Drive. O puedes llamarla El camino de las sueños, título en español.


domingo, 16 de octubre de 2011

CARTA AL AMIGO PUQUIANO

CRÓNICA DE UN RECORRIDO POR LA RUTA ARGUEDAS o de cómo conocimos a su amigo Demetrio Ramírez.

“No olvido los formidables días que pasamos juntos en esa nuestra santa tierra, cuando me auxiliaste a hacer el estudio de la Sequia”, así comienza la carta que José María Arguedas mandara el 20 de octubre de 1966 a su amigo puquiano Demetrio Ramírez. Un hombre que a sus 90 años tampoco olvida; al contrario, los recuerdos del amauta aparecen tan vívidos en su memoria como los de aquel día en que, por primera vez, un automóvil surgía por la reciente inaugurada carretera del pueblo ayacuchano de Puquio.

Los indios comuneros puquianos construyeron 150 km de carretera en tan solo 28 días; mientras Arguedas se convertía en testigo clave de esa fuerza desplegada, Don Demetrio, a sus cinco años, se escapaba del patio de su casa para ver la maravilla de marca Hudson, color plomo, cuya bocina sonaba como un burro: "¡qué feria ni feria!, ¡qué fiesta ni fiesta!, ¡eso era gente!". El pueblo entero observaba el automóvil entre empujones.

Conocimos a Don Demetrio Ramírez en Puquio, pero nuestro itinerario arguediano comenzó antes. Fuimos tres los sanmarquinos interesados en recoger parte de los pasos de Arguedas por la sierra central: Gustavo Gutiérrez, comunicador social, Sergio Ccencho y María Inés Vargas, de literatura. Nos conocimos en el Teatro Universitario hace algunos años y compartimos el interés por la obra de Arguedas, al punto que hace poco se realizó, junto a otros compañeros, un performance denominado Kachkaniraqmi, basado íntegramente en sus textos. Kachkaniraqmi se presentó en La Casa de la Literatura, al inaugurarse la exposición por el centenario del natalicio de Arguedas.

Puede convertirse en un estimable circuito cultural lo que llegamos a denominar “ruta Arguedas”. Ya nos habíamos informado que en San Juan, el pueblito donde el amauta vivió de niño, era muy difícil encontrar un hospedaje o transporte; por ello, la parada debía ser en el distrito de Lucanas. Allí alquilaríamos un taxi, pero ¿dejar nuestras cosas en el auto mientras bajamos a reconocer los escenarios del cuento "Agua"? Nos habían informado, también, que no habría ningún peligro pues en dichos pueblos ayacuchanos, a pesar de la violencia vivida, no hay maldad o, en palabras arguedianas, no hay rabia en los corazones. Contratamos a Virgilio, un excelente taxista-guía que nos llevó en su auto hasta las profundidades infernales del cerro Chitulla. Sí, Virgilio fue nuestra Beatriz.

Y nuestro mejor mapa, el cuento “Agua” de Arguedas:

"— ¿Y Chitulla? A su barriga seguro entran cuatro Kanraras.

Los indios miraban a uno y otro cerro, los comparaban, serios, como si estuvieran viendo a dos hombres (…) Las quebradas de Viseca y Ak’ola contestaban desde lejos el relincho de los comuneros.

—Viseca grita más fuerte.

— ¡Claro pues! Viseca es quebrada padre; el tayta Chitulla es su patrón; de Ak’ola es Kanrara nomás.”

No es exagerado lo de “profundidades infernales”. Al pie del cerro Chitulla hay socavones de una antigua mina; el cerro, receloso de los tesoros extraídos por hombres desagradecidos, ha hecho morir a varios con convulsiones y emanando sangre por la boca. Para acercarnos con respeto, nos aconsejaron ofrecer un tinkachu o pagapu. Fue lo primero que hicimos al llegar a la Hacienda de Viseca, ubicada a orillas del río Viseca y al pie del Chitulla. En sus tobillos –es una montaña imponente–, le ofrecimos vino, hojitas de coca y cigarros.

Hay iniciativas municipales para poner en valor la Hacienda de Viseca. Ahora luce abandonado este lugar donde Arguedas se iba a jugar de niño. Virgilio nos explicó que el techo de una de las habitaciones se ha reconstruido hace poco, que la total reconstrucción y la apertura de la hacienda como una casa-museo es algo que él espera pues le han pedido hacer esta ruta ya varias veces. Recorrimos el pueblo minero de Uteq, que Arguedas cariñosamente llama Uteqpampita, y luego el morro de Santa Bárbara, ahí donde al final del cuento “Agua” el niño Ernesto grita, mirando al tayta Chitulla: “¡que se mueran los principales de todas partes!”.

Ya en San Juan, nos dirigimos a la casa de la madrastra. El dueño nos explicó: "Arguedas vivió aquí pero esta no es su casa". Sin embargo, el patio está adornado con motivos del centenario. El dueño ha recibido visitas hasta de japoneses, y el interés que tiene la casa lo ha impulsado a conservar ese patio aunque no cuente con ningún apoyo municipal. El pueblito de San Juan luce tranquilo y apocado, tal vez como lo retrata Arguedas en su cuento “Agua”, con el mismo revestimiento interior aunque las columnas de la plaza se hayan derribado hace años.




Antes de despedirse, Virgilio nos dejó en el paraíso: Puquio. No porque sea el lugar más modernizado, sino por la vivacidad pacífica de las personas y, sobretodo, porque allí conocimos más de Arguedas que muros, patios, ríos o montañas: su gente. Para empezar, la entrañable amabilidad de Don Demetrio Ramírez sumada a la de sus hijos Raúl y Serafín, quienes después de contarnos sobre Arguedas y mostrarnos la carta, refrescaron nuestras gargantas con el licor dulce de la cerveza y la amistad. Don Demetrio nos contó que tenía un montón de cartas y postales de Arguedas, pero que en los años de conflicto los tuvo que quemar para no ser sorprendido con ellas en el “rastreo”, ser apresado, despojado de sus hijos y tal vez desaparecido. La carta que nos mostró fue la única sobreviviente. En ella, Arguedas solicita a su amigo puquiano albergar a los doctores franceses Chevallier y Piel, quienes estudiarán los despojos de tierras que los mistis ejecutaron a los comuneros para conformar las grandes haciendas, a inicios del siglo XX.

La fuerza y la generosidad están en Puquio, tal como lo señalara Arguedas, a pesar de los muchos años transcurridos. ¿Cómo llegamos a Don Demetrio? Gracias a la gente. La muchacha que nos vendió los pasajes a Andahuaylas (donde teníamos nuestro próximo destino), nos presentó a un profesor quien a su vez nos habló de Don Demetrio; la muchacha llamó a alguien por teléfono y luego dijo "sí está en su casa, visítenlo".

La cordialidad, sin embargo, no exime a los puquianos de un mea culpa al no recordar los huaynos antiguos que Arguedas grabó. En la Peña Kuyayqy Puquio sucedió así cuando pedimos que tocaran alguno de esos huaynos, el maestro de ceremonias declaró el mea culpa: “Y nos preguntan muchos temas de José María Arguedas, pero hay cositas que nosotros, a pesar que somos puquianos, no lo sabemos, hay una incógnita interesante que vamos a tener que estudiarlo.”

Puquio fue el paraíso porque, además, logramos vivir en carne propia la Fiesta del Agua o de la Sequia, la fiesta que Arguedas contempló. El ritual de los auquis o sacerdotes, los juegos escénicos de los llamichas con los negritos, la destreza de los danzantes de tijera, el vigor de los músicos y las melodías del violín y del arpa, el baile de los hombres y mujeres haciendo retumbar el suelo del mundo. Arguedas, ¿el telúrico?, no; Arguedas el que conoció el valor de la vida original.







No sería descabellado institucionalizar una “ruta Arguedas” que pase la segunda semana de setiembre por Puquio, para que el visitante disfrute y aprecie la cultura andina en su más íntima expresión. Una ruta que luego pase por Abancay o vaya hasta Andahuaylas, como hicimos nosotros. En este último destino asistimos a la Feria de Andahuaylas, que abre los domingos y es la más grande del sur del Perú. Luego, dos hitos nos esperaban: la tumba y la Casa Arguedas. La municipalidad de Andahuaylas es la que más se ha preocupado por establecer el paso arguediano; la tumba yace en un complejo monumental ubicado en el centro de la ciudad y la Casa Arguedas ya se institucionalizó, entre otras dos que dicen también haber albergado al amauta. En aquella casa vivió hasta los dos años de edad, se presume, antes de irse donde la madrastra, en San Juan. Después de un emotivo encuentro con sus restos –y de aseverar con nuestra llegada lo señalado en el epígrafe: Llaqtaypiñam Kachkani–, la Casa Arguedas fue nuestro último lugar de visita; llegar ahí significó el fin de nuestra ruta pero también un retorno a lo que fue su punto de partida, un preciado retorno, cien años después.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Reseñas de teatro, dos obras dos!

Los gigantes de la montaña, obra inconclusa de Luigi Pirandello en la versión del Carlos Riboty, presentada en el XII Festival Internacional de Teatro de Grupo. Y Criadero, instrucciones para (NO) crecer de Mariana de Althaus, que regresa a temporada el 9 de noviembre en el CCPUCP, todos los miércoles de noviembre y diciembre.

Ahora las notas saldrán cada dos semanas. Este viernes: Hormigas de Jaime Nieto, en la Página cultural de La Répública.

Viernes 16 de setiembre del 2011
LOS GIGANTES DE LA MONTAÑA
En su obra inconclusa, Los gigantes de la montaña, Pirandello plantea el conflicto entre el artista teatral y la sociedad, en el momento de crisis que significó la gran acogida del cinematógrafo. La propuesta que nos presenta Carlos Riboty soslaya o, mejor dicho, sobrepone a esta crisis, ya superada, un nuevo trance: la aceptación o comprensión de lo indígena. Como él mismo confiesa, ha seguido experimentando en la construcción –o intento de conclusión– del texto original, que en sí mismo ya es metafórico, onírico y experimental.
¿Lo indígena se relaciona al arte actoral? En el argumento, los actores de la compañía han emigrado hasta la montaña para poder realizar una obra teatral, pero ahí se encuentran con los “gigantes”, nunca aparecen pero pueden llamarse incomprensión y censura. En ese sentido, que lo indígena sea lo que se confronte a ese tácito “gigante de la montaña” no es algo tan descabellado. Pero esta conclusión es solo superficial.
Después de un arduo entrenamiento, el actor es capaz de transmitir verdad con su única herramienta: su propio cuerpo. Ahí reside su arte. El indígena, en sus ritos y ceremonias origina una verdad ancestral, mítica. Ambos aprecian de forma similar la fuerza natural, la fuerza del cuerpo, la fuerza de la vida. He ahí la conclusión profunda que justifica el interesante y agradable trabajo de Riboty, donde destaca la actuación de Rocío Antero-Cabrera.


Viernes 30 de setiembre del 2011
CRIADERO, INSTRUCCIONES PARA (NO) CRECER
Una de las cosas interesantes que tiene Criadero es el haber identificado un nuevo estereotipo femenino: la mujer maravilla. Se trata de aquella que quiere hacerlo todo y siente el deber de serlo todo. Sexy, exitosa profesionalmente, buena madre, idónea ama de casa, seguir hermosa, no descuidar a la pareja, etc.
Las historias se arman desde las experiencias personales de las tres actrices, que en buena cuenta son los testimonios del prototipo de “mujer maravilla” que cada una se formó. No hay acción dramática ni personajes en un sentido estricto, asistimos a la narración teatralizada de cómo las actrices fueron criadas y luego cómo criaron.
La obra se nutre con abundante escenografía, elementos que plásticamente la sostienen. Música en vivo, imagen y video. Es vistosa como una performance, con un momento de clímax en el que se declara a veces quisiera escapar y la misma directora entra a bailar en escena. Las historias son tiernas en sí mismas, un niño siempre es tierno y el amor filial da de lleno en el sentimentalismo.
Así, De Althaus expone nuevamente el tema de la maternidad como algo crucial en la vida de la mujer. En este caso, en la vida de aquella que pretende ser una mujer maravilla. La maternidad es algo que una aspirante a mujer maravilla tiene que perdonarse. Ojalá De Althaus nos sorprenda con una nueva temática en su próxima entrega y esquive, en lo posible, la peligrosa tentación de caer en lo trillado.

sábado, 1 de octubre de 2011

F. o el cajoncito de la llave de oro

Ese cajón está cerrado. Un niño gigante, que casi me llegaba al hombro, observó que me iba y fue cerrando las puertas y ventanas mientras empezaba a gemir una especie de llanto y balbuceaba no te vayas, no quiero que te vayas. Yo solo pensaba en la llave con la que podría abrir ese cajón. Es un cajón hermoso, de antiguo estilo Luis XVI tallado en madera, con patas largas muy delgadas y barnizado de un beige color piel.
Abracé al niño, acariciando su pelito castaño ensortijado, su ruego me había dado pena. Siente mi calor pequeño, siéntelo, mis palabras te dirán no me iré, no me voy, pero ambos sabemos que aquellas fotos que nos tomamos junto a las plantas exóticas se han quedado ahí, no en el cajón, ahí donde sea. Esas plantas parecían hongos enormes, tenían tallos inmensos con venas de savia que envolvían su circunferencia, venas gruesas como las várices de alguna pierna gorda. Yo seguía esas líneas con mis dedos, desde abajo, desde la tierra, hasta que mi cuerpo ya no daba la talla para seguir ese camino hacia el cielo, estiraba los brazos y tú me seguías con la cámara, con fotos y videos, me decías sonríe, sonríe, preciosa, mi mano seguía formando al hombrecito sin cabeza que con sus piernas y brazos avanzaba saltarín hacia arriba, volteaba el hombrecito y tu seguías ahí, con el registro de la cámara, entre la savia, el hombre sin cabeza, mi mano, la planta. No me voy pequeño, calma.
Solo hace falta que encuentre la llave con la que pueda abrir ese cajón. Su cerradura me hace guiños, me dice que puedo ser yo, me da besos como si siempre hubiese sido suya. Es un tirano ese cajón, porque se conoce, sabe de su belleza asentada en la antigüedad, se aprovecha del aura de anciano sabio que ostenta. Creo que se cree dueño de secretos. Ese cajón es un posero, dijo mi amiga. ¿Porque no utilizas tú también alguna pose?
-Pero yo soy silvestre, sin poses, sencilla… ¿me servirá la pose de chica vanguardia arti?
-No, con él no, él es Luis VXI, no le vengas con frivolidad chusca
-¿Y la de chibola primaveral medio cojudona?
-No, tampoco… te mandaría a lavar tus calzones
-¿Tú crees que me serviría la pose de femme fatale?
-Puede ser, lo de femme fatale tiene su dosis de silvestre ah!
-La cerradura es de oro, ¿te has dado cuenta?
-Sí, está muy asegurado
-Para cerradura de oro, llave de oro.
Bueno, entonces me voy. Lo siento pequeño, tengo que ir a buscar esa llave y en eso tú no me puedes ayudar, las plantas gigantes no me pueden ayudar, la tierra de la plantas no me ayuda, las venas gruesas de las várices tampoco, solo me llevaré al hombrecito sin cabeza. Él sabrá escarbar en las profundidades para extraer la llave de oro que necesito, que se viene formando hace milenios y que ha estado escondida ahí dentro durante todos estos años, una joya que puede llegar a ser inmortal. Metal precioso es lo que necesito, dureza es lo que necesito, algo que brille y sea duro, la parte de mí que brilla y puede ser dura, eso.