domingo 23 de octubre de 2011

Boqueando de amor como un pez fuera del agua

Me gustaría escribir una novela que se titule Las mujeres limpian, algo que he ido reconociendo en obras escritas por hombres, algunos hombres que piensan que las mujeres… limpian. Me gustaría que esta novela le saque la vuelta a la frase y que el concepto “limpiar” esté enmarcado en una metáfora que traslade la llana acepción de limpieza material a una reveladora significación de limpieza moral. La mujer se convertiría en una especie de heroína capaz de enfrentarse a delincuentes, corruptos y prejuiciosos. La mujer envolvería el mundo con todo el amor capaz de surgir únicamente de su corazón.

Iba caminando por las calles de un barrio pobre en las afueras de la ciudad, con sus muros de ladrillos sin tarrajear, pintados malamente de color blanco. La pista subía por las faldas del cerro que formaban inclinadas colinas. Aún vestía uniforme escolar y mis zapatos negros de colegiala contrastaban con la tierra que pisaba, no había veredas en aquella calle. Al levantar la vista, al final de la cuadra dos pirañas le robaban a un chico de camisita blanca con chompita azul, pantalón de tela y pelito ensortijado. Lo jalaron, lo golpearon, lo estrujaron, rápida y violentamente. Me dio tanta rabia no poder hacer nada, tanta rabia que el otro joven que también veía el asalto no pudiera hacer nada. Parecía que los rateros ya habían terminado con su trabajo cuando mi lengua no pudo sostener a mi rabia y gritó insultándoles, rateros de mierda, desgraciados, malditos. El otro joven se contagió de mi ímpetu y también les insultó. Entonces se escucharon los disparos. Primero al otro joven que pudo agacharse, esquivarlos; luego a mí que ya había volteado hacia la derecha y me iba a mi casa. Después de haberles insultado ya me iba a mi casa, ya había volteado hacia la derecha, las refriegas del otro joven las escuché casi sin querer, y no llegué a ver cuando los asaltantes dejaron a su víctima para coger cada uno su respectiva pistola. Por eso la bala rosó mi yugular izquierdo. Sentí un pellizco intenso y luego algo tibio, la sangre resbaló por el cuello manchando la blusa. Como un reflejo maquinal mi brazo se movió hacia el nuevo río ardiente y mis dedos oprimieron su irrefrenable flujo como pudieron. Todo se tornó gris, antes de caer por un desmayo pedí ayuda.

Estoy sobre una camilla en el hospital, respirando con dificultad, aún con los dedos salvándome la vida, pero sola. ¿Es que acaso no hay ninguna presencia aquí? ¿Es que tengo que esperar? La respiración ya no me sale tan fácil, casi duele, me cuesta por más que abro la boca, cierro la boca, abro de nuevo. Qué ganas de soltar la mano y aflojar las riendas de ese hilo rojo que me sostiene consciente. Sería tan sencillo, ahora, en la ausencia de todos, en la imposibilidad de que me detengan. Los dedos se deslizarían lentos, resbalando con un tiempo mínimo casi microscópico, como los glóbulos rojos que estarían a punto de recibir una puerta hacia la libertad. Pero pronto se empiezan a escuchar ruidos de pasos apurados, sollozos, herramientas de cirugía.

Ahora sigo aquí, pensando que la verdadera valentía reside en quedarse, en sostener con todas las fuerza del mundo esos dos dedos sobre el cuello por más que la herida haya sido inmensa. Y luego, ayudada por la presencia de todos, vivir para poder decir que he sido valiente.

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Ayudada por tu presencia, aunque esporádica, total. Esta es la parte en la que debo confesar que cuando estuve a punto de morir pensé en tus besos venenosos. Sea lo que sea que signifique, hay una frase suelta que encontré por ahí cuando compartí con un amigo cómo me sentía, cómo me acordaba de ti… y es que así estoy: boqueando de amor como un pez fuera del agua.

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Llorando. Canción en la cinta de David Linch, Mulholland Drive. O puedes llamarla El camino de las sueños, título en español.


1 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo también he pensado que las mujeres limpian. Pensé así y poco a poco me fui enamorando de las mujeres. Sin embargo, en estos años de estudios filosóficos, en todos lados escucho esa voz judía, esa voz griega, que hace la consciencia del europeo moderno, u occidental, diciendo lo oscuras que son las mujeres. Los judios al tomarla como una de las causantes del pecado original, tentadora y maliciosa ante el hombre, el noble hombre. Los griegos, en el mito de prometeo, nos dicen que éste al destapar la jarra sacó todos los males, y se nombra a las mujeres como mal necesario porque debe ser mantenida por los hombres quien cumple sus caprichos, pero necesaria porque en ella se reproduce y se hace su existencia. Y sin embargo, mis ideas siempre estaban en que la mujer limpia. Siempre he sentido esa sensación de tranquilidad al lado de una mujer, mas me temo, que tal vez sólo provenga ese sentimiento de mi subjetivismo patológico... Hoy, antes de venir a casa, tomando el paradero, vi un pobre novio que reclamaba con dolor a su chica, de prestar atención a otros, de es realizar comentarios dolorosos,y a ella le vi tapandole la boca con su delicada mano, riéndose ante su dolor. Pensé que las mujeres son malvadas. Si bien no presentan testosterona que aflora la gresividad necesaria para la supervivencia entre los machos, paréceme que en ella hay algo de malicioso, la semilla del mal. (En teoría, sin embargo, en la praxis,sin poderme quitar esta concepsión judía (concepción que nos domina aunque seamos occidentales de tercera categoría)me parece que los hombres necesitan ser limpiados, toda vez que están ardientes de sexo, toda vez que prefieren arrojarse objetos en lugar de mirar las flores, diferencia entre los niños y las niñas que he contemplado en los días que me hacía la vaca de un instituto. Sería fascinante por eso, una novela en la que las mujeres limpian.
Saludos!