domingo, 22 de enero de 2012

Aquí estaré

La calle oscurecida por una tarde roja. Una calle solitaria donde la parejita iba detrás del par de adolescentes, abrazándose y dándose besitos de cuando en cuando. Los cuatro caminaban en silencio aunque nadie hubiera escuchado sus voces planificando, ultimando detalles; silencio de lo inminente, de lo que sucedería sin remedio pues iban a matarlo. Los arrabales de los acantilados estaban cercanos y tras unas pocas cuadras de casitas maltrechas el mar se lucía entre murmullos, ligeramente ensangrentado. La chica se escapaba a veces de la boca de su novio para oír con más atención aquel sonido, una caricia, viene y me hace un piropo suavecito al oído, o no, viene para convencernos de que no lo hagamos, con ese estúpido vaivén, que se vaya a la mierda.
Los de adelante caminaban con las manos en los bolsillos, uno con la cabeza gacha, el otro vigilando que nadie se aparezca para arruinar los planes. Sus pantalones ligeramente debajo de las rodillas eran anchos y llevaban zapatillas y polos que les quedaban grandes. El vigilante tenía ojos fieros y semblante enojadizo, fue el primero en detenerse cuando llegaron a la casa. Su inmediato sacó las manos del bolsillo sujetando un encendedor barato y un cigarrillo que se llevó a la boca. Luego de prenderlo, aspiró una bocanada amplia, ojos fieros lo miraba. El fumador se sacó el cigarrillo de la boca, lo tiró al suelo y lo piso con su zapatilla derecha, ojos fieros no dejaba de mirarlo.
-Ya, ya fue huevón –dijo el novio.
La puerta de la casa se abrió. Pero había tiempo. Entre la vereda de la calle y esa puerta había un jardín que estaba amurallado por una pared de altura mediana. Un caminito recto de piedras pulidas iba de la puerta hacia la reja verde que daba a la vereda y a cuyos costados se levantaban dos torrecitas como un adorno del muro del jardín. Había tiempo porque los cuatro se escondieron tras esas torres mientras el sujeto recorría el caminito con la cabeza distraída en algo que llevaba en las manos, un manojo de llaves revuelto, su cartapacio debajo del brazo era una incomodidad y no alzó nunca la mirada. El primer golpe que recibió tras abrir la rejita verde fue en el estómago, con el palo que llevaba el novio en las manos. Los otros dos arremetieron a patadones cuando el cuerpo se torció hacia el suelo. El sujeto intentó gritar pero una ráfaga oscura atravesó su visión del cielo. La chica, quien por un momento observaba todo con los brazos cruzados, recogió reposadamente las llaves de las manos del tipo cuando los dedos se estiraron, caminó despacio hacia la puerta de la casa, la abrió y entró. Una pelota dobló la esquina en ese momento, pronto vendrían el niño y luego los muchachitos del resto del equipo, esos que se quedaron a comprar un refresco que él no tenía con qué pagar. Hay que esconderlo, huevón, mételo al patio, ¿y luego qué mierda hago con la sangre? lámetela, la van a ver, la van a ver, jálalo rápido, hay mucha sangre maldita sea, solo había que desmayarlo, ese no era el plan, te dije que lo íbamos a matar, solo había que desmayarlo par de imbéciles, a ver cómo resuelven su problema.
El vigilante de ojos ásperos soltó los pantalones del tipo y entró a la casa apresuradamente, la puerta estaba abierta. Una sala pequeña y oscura, muebles percudidos, una vitrina tan poco moderna como el suelo de madera tableada.
-Es por aquí, dijo la chica rascándose el seno derecho por debajo de su polito de tiritas. Un poco oscuro y con polvo, pero la cama está okey.
Ojos ásperos ingresó a la habitación y enseguida prendió la computadora. Sacó un CD del bolsillo ancho de sus pantalones anchos también. Lo ingresó en la bandeja del CPU.
La chica se había sacado las sandalias y había recogido sus piernas sobre la cama, cruzándolas. Un codo suyo se unió a su rodilla y sobre la mano convertida en puño apoyó su mejilla mientras miraba toda la operación que realizaba el muchacho. La pantalla azul daba un poco de luz al ambiente sombrío.
-¿Falta mucho?
-Son unos imbéciles, les dije que yo podía hacer todo solo, pero claro, querían más comisión y ser los guarda guarda, ahora la cagaron.
-Pero cómo ibas a hacer solo todo esto…
-¿Todo esto? Si es una huevada, pude haber venido de noche o entrar solapa cuando el huevón no esté, nada más. En ese momento retiró el CD, lo guardó de nuevo en su bolsillo y volteó con la silla giratoria para mirar a la chica, debajo de su polito de tiritas sus senos lucían voluptuosos. Los tiene grandes como papayas, parecen papayas, son grandes pero algo largas, pensó el muchacho.
-Me sorprendes.
-Yo soy el único hombre acá.
De fuera venían murmullos. Los otros dos intentaban convencer al niño de que solo se trataba de un juego y que el sujeto estaba dormido. Uno lo tenía en su regazo dándole golpecitos de cariño en la cara.
La chica regresó la cabeza desde donde venían las voces; con una nueva mirada invadió al muchacho lentamente.
-Creo que tienes razón, dijo mientras se bajaba las tiritas del polo. Al chico le pareció que así sus hombros brillaban. Se abalanzó sobre ella, directo a su cuello, a besarlo y chuparlo como a la mejor fruta. La mujer se extendió sobre la cama recibiendo poco a poco el peso del hombre. Comenzaron a oírse pasos sobre la madera.
-Loquillo, ¡loquillo Dante!… ¡el chibolo quiere hablar, carajo!
-Ya voy, ya voy, conchasumadre, susurró cuando descubrió el rostro lívido de la muchacha, una flor roja surgida de la agitación. Loquillo se puso de pie, avanzó unos pasos hasta el umbral de salida.
-Ya vengo, no te muevas, quédate acá.
-Lo haría contigo ahorita mismo, debería terminar con él para estar contigo.