jueves, 23 de febrero de 2012

Lorito de las montañas

1
Es lindo estar embarazada, mi vientre aún es pequeño pero ya puedo sentir sus pataditas, o tal vez será que estoy muy emocionada, que siento cualquier cosa. Cuando apareció el camión por la carretera lo sentí, el pequeño golpecito, la cosquilla dentro de mí que me hace dirigir la mano inmediatamente ahí, ahí donde todo pasa. Se lo dije a él, pero no me hizo mucho caso, estaba ocupado en detener el camión. Él no quiere aparentar estar nervioso para que yo siga tranquila, para que no me preocupe y confíe en que todo va a estar bien. Yo sé que todo va a estar bien pero también sé que en el fondo él esta nervioso por todo esto, ir a una nueva tierra a buscar una vida mejor para los tres, abandonar lo que hemos conocido hasta ahora, dirigirse a algo completamente nuevo, pondría nervioso a cualquiera un cambio tan brusco, por eso lo comprendo y dejo que él crea que me engaña con su aparente sosiego. Le sonrío al subir a los asientos traseros de la cabina del camión, saludo cortésmente al chofer y al otro tipo sentado detrás de él. Mi amor sube al último, cierra la puerta, me abraza y me mira con ojos de hombre.
El que está sentado detrás del chofer, a mi lado izquierdo, tiene una de esas maquinitas de computación que se pueden llevar, que son portátiles. No deja de mirar a la pantalla que tiene inscripciones raras con mapas, números, flechas, puntos rojos. Miro a mi amor y el lleva su dedo hacia la boca, me hace callar sin que yo haya dicho nada. Tiene razón, está bien, lo único que necesitamos de estas personas es que nos lleven a la ciudad, allí tendremos una vida nueva, lo que ellos hagan no es de nuestra incumbencia, no debemos ser chismosos. Mi amor mira hacia el horizonte, él decidió sentarse conmigo aunque no hay nadie junto al chofer, eso me gusta tanto de él, que esté tanto y tan siempre a mi lado. Mira hacia el horizonte y sus ojos brillan, el día está un poco nublado pero sus ojos derraman una luz tan poderosa y afilada como el sol. Viéndolo a él mirar hacia adelante me quedo dormida en sus dulces hombros, en sus fuertes brazos.

2
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Anochece o amanece? Es ese extraño momento del día cuando despiertas en una hora incierta, sin luz, sin señales de si se ha ido o está a punto de llegar. Todo sigue igual, el camión aún anda. Lo miro a mi amor y esta vez me deja sin hablar dándome un beso justo antes de que el camión se detenga. Una patadita suave siento, ahora creo que el presentimiento de nuestro hijo hizo que me despertara de pronto.
Mi amor sale rápido del camión, pero aun estamos en una curva de la última montaña para llegar a la ciudad. Se puede ver desde aquí la ciudad, hacia abajo, en el horizonte hacia abajo, algunas de sus luces ya prendidas, tan grandota con sus edificios, sus fábricas, sus torres inmensas que se ven chiquitas desde aquí. Mi marido también mira hacia allá y es increíble como puedo verlo más grande que todas esas construcciones. De pie, firme en la tierra, se pone las manos en la cintura y voltea para mirar al chofer, le dice algo con el movimiento de su quijada hacia arriba. El chofer le dice al otro chico, el de la maquinita de computación que había estado machucando los botones, le dice “ya”, simplemente. El chico deja su asiento y se va hacia atrás, ¿se podía ir hacia atrás?. Por la puertecita que había detrás de las cortinas negras que estaban detrás de los asientos puedo ver, todo el vagón esta lleno de maquinitas, cada una sobre su mesa con un montón de cables gruesos, todas con las pantallas prendidas que palpitan, parpadean, todas con sus inscripciones raras que parecen mapas con flechas y puntos rojos. El chico revisa cada maquinita, una por una, el chofer lo mira y ve la señal de sus manos, desde el centro hacia los extremos cruzarse las manos una encima de otra paralelamente como diciendo también “ya”. El chofer asiente, mira a mi hombre, le dice “si” con la cabeza y mi hombre se va hacia la ciudad, caminando. Me quiero bajar pero los otros me detienen, le quiero gritar y el me vuelve a hacer esa cosa con el dedo y la boca; ahora entiendo, no es para que me calle, es para que no le diga nada a nadie.