domingo, 17 de noviembre de 2013

El Niño Sagrado de Puchi

Yo había entrado a la casa sin permiso. Era una casa abandonada de dos pisos, tenía una reja de entrada a medio oxidar y un patio lleno de polvo y hojas secas. Cuando me acerqué a la puerta de madera que era el ingreso a la sala, respire hondo para darme más certeza de que estaría abierta. Y así fue, estaba abierta, la perilla giro suavecito con la fuerza de mi mano. Yo ya lo sabía, sabía que la casa me iba a dejar entrar. Entonces lo busqué. Él tenía que estar ahí. En algún rincón de esa enorme casa lo encontraría sentado en el suelo, lo vería de espaldas leyendo un libro en medio del polvo, o apoyado en alguna ventana escurrido entre las cortinas viendo con siniestro sigilo el paisaje de la calle y la gente pasar. Podía estar horas haciendo simplemente eso. O tal vez en la cocina, lavando los platos y nuestras tazitas negras para el té. O en los dormitorios echando una siestecita después del almuerzo y terminando de leer la última novela que le había prestado. O en el baño viéndose la cara en el espejo con tanta intensidad que parecía que quería romperlo. Tenía que estar en alguna parte. Y en cualquiera de esas partes, en cualquiera de esas circunstancias lo hallaría de espaldas con la cara hundida en su quehacer, le vería la nuca blanca, el pelo negro ensortijado, su delgadez de caballo flaco, las piezas diminutas de ropa con las que le gustaba andar, bividí, short, sandalias. Lo vería de espaldas y le tendría que decir ¡hey!, ¡hey! Ya llegué. Sal de ahí, sal de tu mundo hermoso y agudo como la punta de una aguja, sal de ahí, ya llegué, ya puedes volver al mundo normal, de mi mano. Él voltearía feliz, con sus ojazos incrédulos y su boca a medio abrir construyendo una sonrisa. Movería ligeramente la cabeza, haría un sonido gutural hacia adentro y vendría a mí corriendo, estrepitoso, suave, cachorrito. Antes de abrazarme diría mi nombre. Así sería.
Lo busqué por toda la casa. Juro que habité cada rincón con cierta desesperación táctil y olfativa. Intenté encontrarlo en cada cariz de polvo, entre las telarañas, debajo de las camas como podría estar jugando. Pero no. La casa estaba vacía.
Cuando volví a la cocina para terminar de cerciorarme que no se estaba escondiendo entre las ollas, escuché unas voces, eran de adultos, voces horriblemente toscas de dos parejas adultas. Me encontraron en la cocina pero no se alarmaron. Vi como la primera pareja terminaba de cerrar el trato con la segunda pareja y le entregaba unas llaves. Muchas gracias, esta es su casa, están servidos. Entendía lo que pasaba pero no terminaba de asimilarlo. ¿Están vendiendo la casa con un niño dentro? Porque era perfectamente razonable que si no lo encontraba hoy, yo podía volver mañana, o pasado mañana, o la próxima semana, el siguiente mes, los años por venir, podría regresar en cualquier momento a buscarlo y estoy absolutamente segura que en alguno de esos iluminados momentos yo lo encontraría en esa casa. Él no podía estar en ninguna otra parte. Pero ahora que la casa estaba vendida, ¿cómo iba a hacer yo?
Creo que la primera pareja vio estas lucubraciones en los gestos de mi rostro y se apresuró a hacerme salir cuanto antes. Supongo que creían que era capaz de gritar, hacer un escándalo o simplemente ponerme a llorar (aunque la fuerza de esto es tan grande que no solo hubiera podido hacer eso sino quemarlo todo para que no quede ni un atisbo de esperanza en mí). Y afuera me explicaron: teníamos que vender esa casa.
-Señor, buenas tardes, he venido a preguntar por su hijo – Fue lo primero que dije.
-¿No sabes dónde está? – dijo el padre.-Pero él ya no está acá hace mucho tiempo.
-Hace mucho tiempo que se fue de la casa – dijo la mamá.
-¿Y entonces dónde puede estar? ¿Es cierto que se fue a Brasil? ¿Sigue en Brasil?
-Mira, te voy a decir una cosa… - Y en eso el padre se calló, como si lo que fuera a decirme tuviera que ver con algún secreto familiar – Él no está en Brasil, estuvo un tiempo pero muy cortito, se quedó muy poco por allá. Él regresó y está aquí en Lima.
-¿Dónde?
-Sabemos que vive en Puente Piedra.
Entre ellos se miraban. La mamá jaloneaba el brazo de su esposo, le lanzaba miradas diligentes y susurraba muy bajito cosas que yo no podía descifrar. Sentía que mi cara se llenaba de una calurosa angustia.
-Por favor, ¿me pueden decir dónde está?
-No sabemos dónde vive con exactitud – dijo el padre, parecía muy honesto – Pero hoy él estará en una fiesta patronal allá en Puente Piedra – y miró a su mujer con expresión conciliadora.
-Él será el mayordomo – dijo la mamá – Por eso lo sabemos.
-Como mayordomo, tú sabes, será prácticamente el protagonista de la fiesta, sería imposible que no lo vieras. Es la fiesta del Niño Sagrado de Puchi. No sabemos dónde es exactamente pero nosotros también estamos yendo para allá ahorita.
-Muchas gracias, me voy para allá entonces. Voy sola, no quiero incomodarlos más.
-¿Pero por qué lo buscas? – dijo la mamá, sujeta del brazo de su esposo, a punto de irse - ¿No te has puesto a pensar que quizás él no quiere que lo encuentres?
---------------------------------
No recuerdo mucho del viaje hacia Puente Piedra y hacia donde, en efecto, por la indagación que hice preguntando a diestra y siniestra, se estaba realizando la maravillosa fiesta por todo lo alto del patrono llamado el Niño Sagrado de Puchi. Recuerdo, quizás, las muchas veces que tuve que subir y bajar de una combi y que dentro de todas las que tomé mi cabeza se pegó a la ventana mirando la pista, las casas, la ruta en sí misma. Era el camino que me unía a él, estaba cada vez más cerca.
La fiesta se ubicaba entre dos cerros, solo se podía llegar al lugar caminando pues era algo empinado hacia arriba. A la gente la divisé desde lejos. Conmigo iban otros festejantes apresurados y poco a poco esa afluencia de personas fue aumentando. Se notaba una curva en la tierra, que formaba un ligero pasadizo y una esquina. Sabía que al cruzar esa esquina mi mirada se ampliaría y por fin lo tendría ante mis ojos. Cuando estuve a escasa distancia de doblar el camino miré hacia atrás para despedirme del antiguo paisaje, entre todos los asistentes a la fiesta patronal logré distinguir a los padres. A medida que me acercaba, cada vez más distinguía con suprema nitidez la textura y el color trigo de la tierra seca que formaba las murallas, y más aún los infinitos pedazos anquilosados de tierra seca que unos tras otros creaban pequeños bloques amorfos que parecían galletas multidimensionales y que se desprendían al menor contacto de los hombros o brazos andantes.
Uno de esos moños de tierra se desintegró cuando crucé. Me distraje por un momento. Al levantar la mirada hacia la nueva dirección que pedía la curva, lo vi. Estaba entronizado, de pie sobre las andas preparadas especialmente para la ocasión. Vestía camisa, pantalón de tela, llevaba una barba muy tupida y estaba más flaco y pálido que nunca. Como lo dicta la costumbre, siendo el mayordomo, comenzó a tirar caramelos a diestra y siniestra. Entonces aparecieron los cientos de niños que recogían los dulces de forma voraz e inmediatamente lo miraban con devoción. Comprendí que era maestro. Todos esos niños estaban a su cargo, se había vuelto un alma guía. Y a él se le notaba feliz de expandir su luz de esa manera. A pesar de estar flaco y pálido, su barba bien cuidada me terminó de convencer que mi niño se había transformado en hombre.
¿Así que eres maestro? Qué lindo. No sabes cuánto gusto me da verte tan feliz, en serio, aunque ni siquiera sabes que estoy acá, pero no importa. Nunca te había visto con barba, ni con camisa ni con pantalón de vestir. ¿Cuándo pasó? ¿Cuándo sucedió que empezó a salirte barba y yo no me enteré porque ya no te veía, porque ya no estaba ahí, contigo? Estás grande, podría decir que hasta eres adulto. Y sin embargo te escapas de todo para lanzar tus caramelos. No lo puedes evitar, así eres tú.
Mi cara estaba completamente mojada por las lágrimas cuando los padres me dieron el alcance y me abrazaron para intentar confortarme. En ese momento se escuchó la música solemne de la banda que daba comienzo a la procesión. Las andas se elevaron, sentado estaba ya en todo su esplendor nuestro Niño Sagrado de Puchi.

"tú me enseñaste el truquito"